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La agresión activa




La agresión activa es la más evidente. Refleja siempre una obstinación por mantener algo que es insostenible y que solamente a través de la agresión que genera temor es posible reivindicar. Los agresores de esta naturaleza jamás admiten estar equivocados y, es más, cuanto más se les enfrenta, más irracionalmente defienden su posición.

Este tipo de provocación puede adoptar diversas formas, que van desde la más clara y contundente, que es la agresión física con consecuencias visibles a nivel corporal, sumada al desequilibrio emocional que se produce en la víctima de este tipo de maltrato.
Pero también puede haber formas enmascaradas de agresión activa, que tienen que ver con la violencia psicológica que se ejerce lenta pero permanentemente hasta lograr destruir la estructura psíquica de la víctima, que resiste hasta donde puede y como puede.
Finalmente, quedar+a anulado en estériles esfuerzos por hace frente a estos ataques sistemáticos al no poner en práctica estrategias que le permitan sobrevivir y rechazar esta forma detestable de comunicación humana.
Pero frecuentemente se dan ambos tipos de agresión, tanto física como la psicológica, en un proceso que va haciendo añicos la autoestima de la víctima, y por el contrario confiere al agresor un poder ilimitado, que utiliza cada vez con mayor saña, para someter al receptor de su malicioso proceder.
Para que se genere discusión se necesitan dos personas que sostengan opiniones diferentes, y que defiendan sus posiciones opuestas.

Esto habitualmente no sucede cuando existe un manipulador, ya que es común que la víctima no se defienda, otorgando de este modo un campo libre al agresor que éste conquista cada vez con mayor vigor, prosperando entonces su intención de dominio absoluto de todas las situaciones que puedan presentarse.
DE más está decir que nadie debe tolerar ningún tipo de agresión, sea ésta física o de orden psicológico. Seguramente hasta aquí estamos de acuerdo, Pero en la realidad que conocemos, este tipo de comunicación violenta se utiliza mucho más de lo que podemos imaginar.
La violencia ejercida sobre una persona en sus dos vertientes, tanto física como psicológica, provoca un estado de angustia y ansiedad ante la impotencia de afrontar adecuadamente esta agresión y, por encima de todo, de poder liberarse definitivamente de este tipo de sufrimiento inútil.

Walter Dresel

Agresión pasiva


La agresión pasiva no es susceptible de ser demostrada físicamente, por ejemplo, ante un médico forense que pueda determinar lesiones producidas por alguien que recurre a este tipo de procedimientos para lograr sus objetivos.

Pero sucede con frecuencia que ambos tipos de agresión, la activa y la pasiva, van de la mano, produciendo un daño cada vez mayor, hasta que la víctima, que no soporta más lo que está viviendo, resuelve alejarse.
Comienza entonces un largo proceso cuyo primer paso es sentarse a tomar café consigo mismo para evaluar cuál es el nivel de autoestima que tiene para hacer frente en un futuro cercano a la reacción, seguramente ahora sí violenta, de quien se puede quedar cuestionado por su conducta.

Los manipuladores son personas que por distintos motivos no han podido alcanzar la madurez, Son incapaces de defender sus principios sin intentar pasar siempre por encima de los demás.
Son justamente esos motivos los que los llevan a no poder desarrollar una adecuada tolerancia a la frustración, que no es otra cosa que admitir que no todos nuestros proyectos, que no todos nuestros sueños, han de cumplirse a rajatabla, y que es muy probable que una cierta porción de ellos pueda, por distintas razones quedarse en la cuneta.
El hecho de que no todas nuestras metas y nuestros objetivos puedan cumplirse no nos habilita a perder la tolerancia y el respeto por los proyectos de quienes diariamente conviven con nosotros, y mucho menos nos autoriza a ejercer todo tipo de violencia como forma de demostrar nuestra imparcialidad para lograr aquello que queremos para nuestra vida.
Si cada uno de nosotros fuera capaz de decir sí, cuando realmente siente que debe decirlo, y de decir no, cuando no estamos de acuerdo, pondríamos un freno importante al avasallamiento del cual somos objeto en las sociedades en las que vivimos.
La competitividad se ha convertido en uno de los objetivos fundamentales, pero no para destacarse por ser el mejor, sino como forma de destruir a quienes nos rodean, a los cuales contemplamos como potenciales enemigos que supuestamente pugnan por ocupar nuestro lugar.
El agresor, ya sea activo o pasivo, busca siempre imponer su opinión, no importa el precio que deban pagar quienes sufren esa conducta imperativa, y necesita asimismo de la aprobación de los demás, ya sea de forma espontánea o a través de la violencia ejercida desde todos lo ángulos posibles.
Transmitir lo que sinceramente pensamos y sentimos acerca de una determinada cuestión no resulta sencillo hoy en día y determina un esfuerzo importante por parte de quien debe hacerlo, resultando más sencillo falsear ese pensamiento o ese sentimiento identificándonos con lo que piensa y siente la mayoría de la gente, no comprometiéndonos de ese modo con nuestra propia verdad.
De esta manera no sólo somos víctimas de una agresión pasiva, sino que también tenemos una responsabilidad compartida en lo que nos sucede, por no ser capaces de verbalizar aquello que nos gusta y también lo que no nos gusta.
La agresión se convierte entonces en el arma preferida del manipulador porque amedrenta, porque asusta, porque amenaza y aterroriza a quien sufre este tipo de trato, logrando justamente a través de la desesperación de su víctima los propósitos que los animan.
Cuanto más desesperada está la persona que soporta el asedio, más avanza el manipulador y más agresivo se torna.
Todos conocemos la agresión activa: gritos, órdenes, lenguaje imperativo, ausencia de consideración por lo que piensa el otro y actitud de violencia ante el mínimo itnento de defensa de su territorio por parte de la víctima.
La agresión pasiva, que como hemos visto, puede llegar a ser tan grave como la anterior, puede ejercerse con una suavidad externa, que incluso por momentos puede hacer dudar si estamos frente a un manipulador o a un ser que, con su dulzura y sus buenos modos, pretender extraer lo mejor de nosotros.
Este tipo de agresión es realmente mucho más difícil de probar. Pero sólo es cuestión de tiempo. Porque el manipulador que utiliza la agresión pasiva, en la medida que no logra sus objetivos, rápidamente pasa a la agresión activa, con todos los tipos de violencia que es capaz de desplegar sin miramiento alguno para lograr lo que quiere.


Walter Dresel- Yo te manipulo ¿y tú que haces?

Violencia


Detectar una víctima de violencia es una compromiso ético.
Acompañarla en la búsqueda de una solución resulta una tarea delicada y relevante.
Darle un mejor servicio hace propia la causa transformadora: participar en la restitución de su libertad y sus derechos humanos.

Graciela B Ferreira.

Crecer - Abuso sexual a menores


La pequeña Carin, de ocho años, sostuvo con fuerza el lápiz en su puño cerrado, dibujando audaces líneas sobre el papel que yo acababa de darle. Me miró desafiante y dijo: ¡Yo nunca me haré mayor, no quiero hacerme mayor y tú no me puedes obligar!. De acuerdo, le dije: No tienes que hacerte mayor hasta que estés preparada. ¿Puedes decirme qué tiene de malo hacerse mayor? Suavemente la toqué en el brazo. Cambió el lápiz negreo por otro de color rojo señalándome con ello que su tristeza se había convertido en enfado. Rodeó las líneas negras del centro con círculos repintados de rojo, dibujando círculo tras círculo antes de contestarme. Porque duele mucho, dijo tranquilamente bajando su cabecita y apartando los ojos de mí. Esperé por si ella quería seguir hablando un poco más. Y no me gustan las cosas que hacen los mayores, otra vez desafiante, con los ojos brillantes, especialmente las cosas que hacen los niños. ¿Te ha hecho daño alguna persona mayor, Carin? Dudó, luego lentamente dijo: Si. ¿Quieres contármelo? Le dije con voz tranquilizadora. Dejó los lápices de colores y el papel, y bajando su cabecita dijo: Vas a creer que soy una niña mala y ya no me vas a querer si te lo cuento. Yo le dije: Carin, yo sé que tú no eres una niña mala. Eres una niña muy buena. A veces, a los niños les suceden cosas malas, pero eso no significa que el niño sea malo. Nada de lo que me cuentes hará que yo deje de quererte, así que ahora, ya puedes contarme lo que ha pasado.
Carin cerró los ojos y empezó a llorar en silencio, mientras me contaba que su padrastro abusó de ella por primera vez en el granero sobre un montón de heno recién segado. Recordándolo se liberaba del dolor, curando la herida que aquel hecho le había producido. Ello ocurrió hace treinta y siete años. Fue el primer abuso sexual y se prolongó durante seis años más, repitiéndose cada semana hasta que a los catorce años se escapó de casa. Después de tantos años, las heridas emocionales estaban todavía sin cicatrizar, dolían y debían ser curadas antes de que Carin pudiera llegar a ser una adulta equilibrada.
Carin representaba la más joven de ocho personalidades que eran partes fragmentadas de una de mis pacientes. Después de quince meses de terapia. Carin se resistía en fundirse con las otras partes de su personalidad. Se había creado partiendo de sus dolorosos recuerdos y debido a los traumáticos acontecimientos que ocasionaron la división de su personalidad en partes distintas, separadas, formando varios “yos” con autonomía propia. Carin necesitaba recordar y sentir dolor de la impotencia, el miedo y la rabia que tuvo que reprimir cuando su padrastro la violó.
Su miedo a recordar y a contarlo a alguien estaba aprisionando detrás de los muros de la vergüenza y el sentimiento de culpa. El dolor y la tristeza que sentía dentro de su ser revelaban a través de los negros garabatos de su dibujo. Los círculos en rojo mostraron que teníamos que tratar la rabia que ella sentía, antes de ocuparnos del dolor. Mientras siguiera sufriendo por su robada inocencia de niña, por su imposibilidad de elección, por la impotencia y por la traición vividas, nunca iba a poder crecer y madurar, y lo mismo le sucedía a la mujer de cuarenta y cinco años que semana tras semana se sentaba en mi acogedora consulta.
Madurar es un proceso. Es algo con lo que vamos a estar comprometidos, durante el resto de nuestras vidas. Es un proceso que a veces nos obliga a encontrarnos vapuleados entre las conductas responsables y maduras y la irresponsables e infantiles.
Al igual que cualquier otro proceso humano, el crecimiento es un cambio constante. A veces el cambio es sutil y lento, incluso parece estancarse. Otras veces nos golpea como un tornado, creando torbellinos que afectan a la totalidad de nuestra vida, desafiando nuestras reservas y nuestros recursos para sobrevivir.
A veces nos sentimos seguros, en calma, íntegros. Otras veces perdemos la serenidad y nos dejamos arrastrar por una ira inmadura que brota por las afrentas más insignificantes, sintiéndonos luego avergonzados por nuestra pérdida de control y por nuestra inmadurez. La ira desencadenada por otra persona o por un acontecimiento es la pista que nos avisa de que hemos de buscar la raíz del problema en nuestro interior, porque en ese momento no estamos actuando como seres adultos.

Dra. Nancy O'Connor

Si hay amor y respeto..


Y es que el océano entero, no le hace a mi amor… ni pa´ mojarle los pies… Si alguien escucha atentamente la ópera Luna, de José María Cano, podrá encontrarse, entre el sabor a español de su melodía, frases tan bellas y certeras como ésta.
Porque el amor entre dos personas, el amor de pareja, si es verdadero, se convierte
en único y suficiente. Y es un orgullo estar al lado de la persona amada;
es comprensión, paciencia, entrega, compartir, respeto y amor, toneladas de amor

A. Llamas Palacios

Mi marido me humilló desde el comienzo de nuestro matrimonio. No me sentía respetada. Me decía que todo lo hacía mal…; era como estar hundida en un pozo. No tenía libertad, vivía coaccionada. Se enfadaba hasta cuando quería estar con mi familia. Acabó con mi dignidad y llegó un momento en que no me valoraba a mí misma como mujer, como persona. Creía que no valía nada; me abandoné, me daba igual mi aspecto. Si tomé la decisión de separarme, lo hice sólo por mi hija, porque decidí que no vería a su madre en una situación tan denigrante. Él nunca me quiso. Pensaba que se había casado con una sirvienta.

La persona que habla de esta manera es A. Le llamaremos así, con una letra; su inicial. Es una mujer anónima, invisible para el lector, pero puede tener mil rostros. Todos los de aquellos, hombres o mujeres, que se vean reflejados en el espejo de sus palabras. ¡Qué diferentes éstas de las de la ópera Luna!

A. nunca sufrió maltratos físicos. Su marido jamás recurrió a la violencia física para agredirla; por lo tanto, nunca tuvo que acudir a Urgencias de ningún hospital, ni sus heridas pudieron contemplarse, horrorizar ni concienciar a nadie. Pero A. fue víctima de un tipo de violencia tipificado recientemente como delito: la violencia psíquica ejercida de forma habitual sobre las personas próximas. Se ha ampliado de esta manera el artículo 153 del Código Penal, que sólo preveía agresiones físicas.

A su testimonio, A. quiso añadir una importante reflexión: Me gustaría que quedara claro que las faltas de respeto pueden darse en cualquier persona, sea hombre o mujer. No son los hombres los únicos agresores, si bien es cierto que las estadísticas indican que son la gran mayoría. Normalmente se piensa que las personas que sufren estos problemas tienen un nivel cultural bajo, así como problemas económicos. No siempre es así. Tanto mi ex-marido como yo tenemos estudios superiores. Una de las cosas más tristes de este problema es que muchos hombres y mujeres piensan que el trato conyugal debe ser así…, porque nunca han conocido otra cosa.

Un problema de todos
Resulta difícil concretar si ha habido un incremento del problema a lo largo del tiempo, pues la aprobación de medidas para acabar con él ha comenzado hace relativamente poco. Antes, las personas que sufrían maltratos por parte de su cónyuge o pareja no lo denunciaban. No tenían recursos, ni apoyos institucionales, ni una sociedad sensibilizada que les protegiera y comprendiese. Se trataba de un problema privado, reservado estrictamente al ámbito familiar y, por lo tanto, no se dispone de datos estadísticos que permitan conocer la situación anterior.

Hoy la mal llamada violencia doméstica —¿No sería mejor decir violencia en casa?; ¿es justo, o ambiguo y programado, aplicar el adjetivo doméstico, hogareño, familiar, al sustantivo violencia?—está considerada como un problema de Estado, público y de toda la sociedad. Este avance se debe, en gran parte, al esfuerzo de todas las personas que se han agrupado con el objetivo de concienciar a la sociedad, de hacerle partícipe, conocedora y responsable de tragedias familiares en las que los celos, la bebida, los problemas psicológicos y otros muchos factores han actuado de manera destructiva y fatal. Aquellos que están en contacto con las víctimas de familiares violentos no se cansan de repetir que las cifras de fallecidos por maltratos en el hogar superan a los fallecidos por el sinsentido etarra.

El silencio de todas aquellas personas que son maltratadas y no se atreven a poner fin a tanto sufrimiento es el cómplice de tanta violencia. Pero no se puede culpar de miedo a quien es humillado y golpeado y, además, debe fingir que tales castigos injustos no existen. Gracias a Dios, existen muchas voces luchadoras que ponen el sonido a tanto silencio. Cientos de personas, en Congregaciones religiosas, asociaciones o instituciones, se ocupan hoy de asesorar, aconsejar y curar vidas destrozadas por la violencia, para que comiencen desde cero en un lugar lejos de sus pesadillas. La tarea de tantas personas luchando por sacar adelante a los maltratados da, poco a poco, fruto, y ya van siendo cada vez más los que se atreven a dar el paso de escapar de su cónyuge, valientemente, arriesgando muchas veces su vida.

Se calcula que hay en España cerca de 650.000 mujeres víctimas de malos tratos. Mirando un poco hacia el pasado, son más de dos millones las que afirman haber sufrido alguna vez en su vida malos tratos. Todos estos datos salieron a la luz hace un año, en la primera macroencuesta sobre violencia doméstica realizada en España, adelantada en su día por la entonces Secretaria General de Asuntos Sociales, Amalia Gómez, y por el Instituto de la Mujer. Mujer maltratada, según la macroencuesta, se consideraba el 4´2% de las españolas.

Existe la falsa creencia de que las mujeres maltratadas responden a un perfil de bajo nivel cultural y económico. Para J., una trabajadora social que prefiere no dar su nombre, ésta no es la realidad de la que ella tiene experiencia: A mí —afirma— no me gusta hablar de perfiles. En mi caso ha habido de todo. La gran mayoría tienen dificultades económicas, pero eso no significa que las mujeres con mayor nivel económico no sufran de malos tratos. Hemos tenido de todo, profesionales y gente con buen nivel, pero esas mujeres muchas veces también buscan soluciones alternativas que no sean las de acudir a una casa de acogida. Y luego está la gran cantidad que no denuncia su situación.

J. vive el drama diario de las mujeres que huyen de sus casas, o llegan directamente del hospital, y se instalan en unas viviendas provisionales, en las que permanecen de 15 a 20 días, hasta que consiguen el permiso para trasladarse a las casa-refugio. Tanto en un lugar como en otro, las mujeres que llegan allí, huyendo de los malos tratos, deben cumplir unas estrictas normas de seguridad, por las cuales no pueden salir solas a la calle, ni pasear, ni dejarse ver normalmente por los alrededores. Tampoco les está permitido a los periodistas facilitar ningún indicio sobre estos lugares, ni sobre las mujeres que allí se refugian, o sobre las personas que trabajan con ellas. J. explica que no es la primera vez que, con las más pequeñas pistas, ha habido hombres que han logrado localizar a sus mujeres, en arduas tareas detectivescas, sólo propias de una increíble obsesión y convicción de pertenencia.


Fuente: Revista Alfa y Omega

Tout effacer - Borrarlo todo



J'ai tant voulu tout effacer de ma mémoire _ Hubiera querido tanto borrar todo de mi memória
bannir les souvenirs, les jeter au feu _ suprimir los recuerdos, tirarlos al fuego
ne plus jamais les revoir _ no verlos nunca más
ne plus jamais rien sentir quand quelqu'un me parle de toi_ no sentir nunca más nada cuando alguien me hable de ti

retire tes mains de sur mon corps _ retira tus manos de mis cuerpo
et laisse-moi m'en aller _ _ y déja que me vaya
je ne veux pas revoir la mort _ no quiero volver a ver la muerte
grâce à mon âme j'ai ressucité _ gracias a mi alma, he resucitado

J'ai tant voulu tout effacer de cette histoire _ He querido tanto borrar esta história
chasser les souvenirs, les annéantir _ echar a los recuerdos, anularlos
et laisser dans le noir _ y dejarlos en la oscuridad
ne plus jamais sentir ton regard ton souffle sur moi _ No sentir jamás tu mirada, tu aliento sobre mí

retire tes mains de sur mon corps _ retira tus manos de mis cuerpo
et laisse-moi m'en aller _ y déja que me vaya
je ne veux pas revoir la mort _ no quiero volver a ver la muerte
grace à mon ame j'ai ressucité _ gracias a mi alma, he resucitado

tu m'as fait vivre l'enfer _ me has hecho vivir un infierno
comment ai-je fais pour continuer _ como he podido continuar
m'échapper de tes bras de fer _ escaparme de tus brazos de hierro
par la fenêtre j'ai regardé _ por la ventana he mirado

sur la montagne une croix brille _ sobre la montaña brilla una cruz
qui me disait garde ton coeur je te sauverai... _ que me decia guarda tu corazón , yo te salvaré
je te sauverai _ yo te salvaré
laisse moi... laisse moi m'en aller

retire tes mains de sur mon corps _ retira tus manos de mis cuerpo
et laisse-moi m'en aller _ _ y déja que me vaya
je ne veux pas revoir la mort _ no quiero volver a ver la muerte
grâce à mon âme j'ai ressucité _ gracias a mi alma, he resucitado

tu m'as fait vivre l'enfer _ me has hecho vivir un infierno
comment ai-je fais pour continuer _ como he podido continuar
m'échapper de tes bras de fer _ escaparme de tus brazos de hierro
par la fenêtre j'ai regardé _ por la ventana he mirado

je n'ai jamais cessé de prier... _ nunca he cesado de rezar
de prier... _ de rezar

Traducción: Marisol

Manipulación



Utilizar los sentimientos como arma.
Decidimos unirnos a otra persona para construir algo en común. La pareja, por lo tanto, es la sociedad más pequeña que existe y donde invertimos gran parte de nuestro capital afectivo. Normalmente esta unión se realiza con la idea de que nos permitirá a ambos salir ganando. Pero, como en toda sociedad, uno de los peligros que acechan a la pareja son las luchas de poder. Éstas suelen darse cuando se olvida que existe un proyecto en común y uno o ambos miembros intentan imponer sus reglas y sus objetivos individuales.

La manipulación emocional es una de las prácticas más utilizadas en las batallas de pareja. De forma inconsciente o voluntaria se exige a otra persona que actúe según los propios deseos o necesidades, utilizando los sentimientos como arma. Los celos, las amenazas directas o veladas, la exigencia, infundir sentimientos de culpa o incluso una actitud victimista, son algunas de las estrategias manipulatorias más utilizadas.

A menudo no es fácil reconocer el chantaje emocional, dado que a veces está tan infiltrado en nuestras relaciones que no nos percatamos de cuándo somos víctimas de él ni cuándo lo empleamos. La pareja, por ser un espacio donde están sumamente implicados los sentimientos y muchas decisiones, supone un terreno idóneo para que aparezca.

Cuando la manipulación es constante o insidiosa puede actuar como carcoma en las bases de la relación, desgastando a la pareja. Entonces de la unión no se derivan ganancias, sino pérdidas, o sólo se enriquece uno de sus miembros, mientras que el otro resulta cada vez más empobrecido. Reconocer este juego de dominación es la única manera de desactivarlo.

¿Por qué manipulamos?
A veces se piensa que la manipulación es cosa de personas maquiavélicas o terriblemente egoístas, cuando en realidad todos, en un momento u otro, hemos utilizado algún tipo de chantaje emocional. La manipulación está presente cuando intentamos controlar lo que dice o hace otra persona, cuando le exigimos algo sin dejarle posibilidad de elegir, o cuando nos empeñamos en que cambie y se adecue a lo que deseamos, aunque todo esto lo hagamos creyendo que es por su bien.

Detrás de la manipulación, por lo tanto, existe una búsqueda de poder y control ante la inseguridad que despierta la libertad de acción de otra persona. Con diferentes estrategias se intenta tocar alguno de sus puntos débiles para que en vez de que se deje llevar por sus propios deseos se ajuste a nuestras necesidades. De este modo uno siente que lleva las riendas de la relación y eso aporta una agradable sensación de seguridad.

Lógicamente existen diferentes grados de manipulación emocional. Algunos chantajes son más transparentes e inofensivos, otros más retorcidos. Algunos no implican apenas daño ni menoscabo para la otra persona, mientras que otros pueden resultar muy destructivos. Ciertos individuos pueden llegar a tiranizar a la persona con la que conviven utilizando el desdén, la humillación, la crítica o la desvalorización. El abuso físico o verbal pueden ser manifestaciones extremas de manipulación, en los que el objetivo es anular la autoestima de la otra persona. Se intenta rebajar y degradar al otro para sobresalir y compensar un gran sentimiento de inseguridad.

Evitar la manipulación
La manipulación surge como un empeño de cambiar al otro, pero las relaciones de pareja realmente satisfactorias son aquellas en que ambos se dan libertad para ser ellos mismos y se benefician de lo que construyen en común.

- Aceptar las diferencias:
Aunque en un inicio suelen atraer las diferencias con el tiempo se convierten en lo que más se detesta del otro. El propio punto de vista es lo normal, lo adecuado, mientras que lo que defiende la pareja es lo raro y lo que es preciso cambiar. En una relación basada en el respeto mútuo se deben aceptar las diferencias y entenderlas como algo enriquecedor para la relación. Ninguno tiene más razón que otro, simplemente defienden parcelas de la verdad diferentes.

- Mirada de Coparticipación:
Lo que ocurre en la pareja siempre es cosa de dos, aunque muchas veces se cree que el fallo, el engaño o la incomprensión está en el otro. Para que la pareja sea un espacio donde cargar pilas en lugar de gastarlas es importante aprender a cooperar en vez de competir. Cada miembro debe pensar qué puede hacer por su parte para mejorar la relación y llevarlo a cabo, en lugar de pedir que sea el otro quien cambie.

-Revisar las espectativas:
A veces las demandas depositadas en la pareja son inmensas, como: “si de verdad me amas no harás nada sin mi consentimiento; sabrás lo deseo antes de pedírtelo; o harás lo que sea para hacerme feliz”. Cuando estas expectativas no se ven cumplidas aparecen los reproches como expresión de la rabia que produce esta desilusión.

En lugar de culpar al otro de la propia infelicidad resulta más útil indagar qué estamos pidiendo a nuestra pareja, qué esperamos o deseamos que haga, y valorar honestamente si las expectativas son exageradas, inadecuadas o están fuera de lugar.

Cristina Llagostera

Mitos sobre el maltrato en el ámbito doméstico


Dicen: El matrato a mujeres es algo raro y aislado.
Deben decir: Cada quince segundos una mujer es maltratada. El maltrato es la mayor causa de lesiones a la mujer; prevalece sobre la violación callejera, asaltos o accidentes de coche. De tres a cuatro millones de mujeres son maltratadas cada año.


Dicen: A las mujeres les gusta el abuso, si no, se marcharían.
Deben decir: A ninguna mujer le gusta la degradación y la humillación de una relación violenta. Pero muchas mujeres no tienen alternativa. No tienen un sitio a donde acudir, ni recursos financieros o sustento. Y muchas se enfrentan a amenzas de incremento de violencia si intentan marcharse.

Dicen: El maltrato a mujeres ocurre principalmente en familias de bajos ingresos y étnias.
Deben decir: La violencia familiar es transversal al afectar a personas de cualquier raza, clase y nivel cultural. Los servicios sociales dan cuenta de un número porporcionalmente mayor de mujeres de bajos ingresis, porque las mujeres con mayores medios acuden a servicios privados.

Dicen: No hay manera de romper con las relaciones abusivas.
Debe decir: Las mujeres puden liberarse ellas mismas de las relaciones abusivas cuando descubren sus propias fuerzas y se valen de los recursos comunitarios que ofrecen ambientes seguros.

Dicen: Las agresiones fisicas ponen más en riesgo la salud psicológica de la victima.
Deben decir: La coacción psicológica incapacita para el funcionamiento habitual de la mujer de una forma tan contundente como la agresión física.

Dicen: Las mujeres tienen problemas más importantes que los generados por la violencia doméstica.
Deben decir: Esta violencia supone la causa más común de lesiones en la mujer, incluidos robos, accidentes de coche y violaciones. La integridad personal es el problema más serio.

Dicen: Con el tiempo los problemas de malos tratos se solucionan.
Debe decir: Cuanto mayor sea el tiempo que las mujeres estén expuestas a los malos tratos, mayores serán las secuelas psicológicas y menores sus posibilidades de recuperación. En no pocos casos, las secuales psicológicas se harán crónicas y, quizas. irreversibles.

Dicen: Que los malos tratos son incidentes derivados de una pérdida de control momentáneo.
Debe decir: Los maltratadores emplean las agresiones, las amenazas, las intimidaciones

El dolor tiene rostro de mujer


Mujer


No te golpea por ser alta, o baja, gorda o flaca, necia o inteligente, licenciada o analfabeta...


Te golpea por ser mujer.

Esta ansia irracional de dominio, de control y de poder sobre la otra persona es la fuerza principal que alimenta la violencia doméstica entre las parejas.
L. Rojas Marcos.

Lo que te está pasando les sucede a muchas mujeres en nuesro país y en el resto del mundo.
Ocurre en todos los grupos sociales, sin distinción de edad, clase social, religión o raza.

Los maltratadores no sólo provienen de sectores marginales. Pueden ser abogados, periodistas, policías, médicos, jueces, políticos, funcionarios, militares, etc.

El hombre que golpea a la mujer utiliza la violencia como un comportamiento eficaz para dominar e infundir temor.

El maltratador tiene fuertemente interiorizados los valores tradicionales de la superioridad masculina.

La violencia es, en muchos casos, un intento desesperado por recuperar la supremacía perdida en el único ámbito donde pueden ejercer el poder con impunidad.

El maltratador está convencido de que el perteneces en exclusividad y, en consecunecia, puede hacer contigo lo que le venga en gana.

La víctima muchas veces se culpabiliza de una situación que le desconcierta.

El maltratador tratará de educarte y corregirte, para que cumplas el papel que él te asignma dentro del hogar. Tiene una concepción rígida, estereotipada y sexista de la masculinidad y la feminidad.

En muchas ocasiones el agresor justifica su conducta violenta atribuyéndola a que tu comportamiento es inadecuado, porque no representas sus deseos o no le prestas la atención absorbente que exige.

Comenzarás a vivir pendiente de sus ataques inesperados de ira y de unos comportamientos que no podrás controlar nunca.

Debes saber que todos tus intentos por encauzar la situación serán inútiles.

No tienes la culpa de su descontrol.
Tu eres la caja de resonancia y la víctima de sus frustraciones.
Guia para mujeres maltratadas- Comunidad Castilla-La Mancha